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lunes, 24 de octubre de 2011

LA ENVIDIA DE LOS DIOSES

De cómo Nantu y Turati, los primeros humanos, descubrieron la maravilla del amor. 


Lo cuentan los ancianos en vísperas de boda. Cuando una pareja de jóvenes va a juntar sus vidas, los más viejos de las tribus amazónicas se reúnen en la noche alrededor del fuego. Y echando atrás sus recuerdos, evocan la historia de Nantu y Turati.
No había hombre ni mujer sobre la tierra. Ellos dos fueron los primeros. Y al no existir nadie más en el mundo, los secretos del amor no les habían sido revelados.

NANTU Vamos al río, Turati, vamos a nadar... ¡Corre, alcánzame!

La selva era generosa con ellos. Comían de sus frutos, vestían de la corteza de los árboles. Los animales les enseñaban los caminos escondidos, los manantiales de aguas cristalinas y a conocer las hierbas misteriosas con que se curan las heridas. Pero Nantu y Turati estaban solos. Y vivían como hermanos.

NANTU Los pájaros son muchos, parecen nubes en el cielo. Los peces llenan los lagos y los ríos. ¿Por qué no hay otros como tú y como yo, Turati?

TURATI No lo sé, Nantu, no lo sé.

Pasaron muchas lunas. Nantu iba tomando formas de mujer. Turati también crecía. Sus espaldas anchas y fuertes mostraban que ya no era un niño.
Un día, asombrados, el primer hombre y la primera mujer se miraron como si nunca antes se hubieran visto. Como si se descubrieran por primera vez.

TURATI Nantu, ¿qué tienes entre las piernas?... ¿Te has cortado?
NANTU No, siempre he sido así.
TURATI Es una llaga abierta. Estás herida.

NANTU No, Turati...
TURATI Te voy a curar. Desde hoy no vas a comer yuca ni plátanos ni ninguna fruta que se raje al madurar. Échate en la hamaca y descansa.

La joven obedeció. Con paciencia bebió menjunjes de hierbas. Se dejó aplicar pomadas y ungüentos. Pero la herida no cerraba.

TURATI No te preocupes, Nantu, yo te curaré.

Nantu apretaba los dientes para no reírse. Y aunque el juego le gustaba, ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en la hamaca...

NANTU Turati, dame una fruta dulce.
TURATI Espera, Nantu, espera...

Fue en un atardecer ya sin sol, una tarde de selva todavía con el horizonte inundado de destellos rojos y naranjas, como simulando una inmensa hoguera. Turati vino corriendo hacia ella.

TURATI ¡Nantu, Nantu!
NANTU ¿Qué te pasa, qué tienes? 

TURATI Los vi, Nantu. Ahora ya lo sé.
 

Turati acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol. Dicen que cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso de flores y frutas invadió el aire. De los cuerpos que yacían juntos se desprendían vapores y fulgores jamás vistos. Y era tanta su hermosura que se morían de envidia los soles y los dioses.

BIBLIOGRAFÍA: Eduardo Galeano, Memoria del Fuego, Los nacimientos, Siglo XXI, Madrid 1982. Adaptación del Centro Flora Tristán, Lima.

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