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martes, 8 de junio de 2010

NUESTRO TATARABUELO

Su mandíbula apareció fosilizada en las Montañas Rocosas de América del Norte. Los arqueólogos lo bautizaron con el curioso nombre de Purgatorio, porque la colina de las excavaciones era un lugar muy escabroso, un verdadero purgatorio.


Este animalito, parecido a una ardilla o a un ratoncito, vivió hace 65 millones de años. Era muy pequeño, pesaba apenas 20 gramos, como un paquete de cigarrillos. Purgatorio vivía en las ramas de los árboles y se alimentaba de incautos insectos. Fue contemporáneo de los grandes dinosaurios. Tanto a él como a los primeros mamíferos les tocó vivir un mundo violento. Era el reinado de los tiranosaurios y de tantos otros monstruos que disputaban a dentelladas territorios y presas. En medio de aquellos gigantes, los mamíferos vivían de noche y acomplejados.

Ni Purgatorio ni los dinosaurios que dominaban la Tierra imaginaron lo que ocurriría en pocas horas... Fue un estruendo jamás escuchado entre los seres vivos del planeta. Ni los volcanes, con su furia acumulada, ni los terremotos, intransigentes destructores de la corteza sólida, habían retumbado nunca con tanto estrépito. Sin darse cuenta, Purgatorio estaba asistiendo a uno de los peores cataclismos de la historia terrestre. Un meteorito colosal había atravesado la atmósfera y golpeado en la península de Yucatán. Todavía hoy se puede ver el cráter de impacto de 180 kilómetros de diámetro que dejó este bólido celeste.

Los efectos fueron devastadores. Descomunales incendios arrasaron la mayoría de los bosques y selvas de la tierra. Una capa de cenizas envolvió al planeta durante meses. Murió el 90 por ciento de todos los grandes seres vivos. Desaparecieron los dinosaurios, exterminados por el invierno nuclear. Esta catástrofe, ocurrida hace 65 millones de años, dejó el terreno libre para Purgatorio y otros pequeños mamíferos que lograron esconderse y sobrevivir. Era su oportunidad biológica. Era su momento.

Si la vida fuera una película, si pudiéramos rebobinarla y verla hacia atrás... regresar por los vericuetos de la evolución de las especies, buscando los antepasados remotos y los antepasados de los antepasados... Si pudiéramos contemplar la historia al revés, nos asombraríamos, nos reiríamos viendo a nuestros abuelos hacerse peludos, como los monos... Y después encorvarse... Y luego, caminar a cuatro patas... Y hacerse cada vez más pequeños, muy pequeños, pareciéndose a zarigüeyas, a pequeñas ardillas, a ratoncitos... a Purgatorio. El más antiguo antepasado de la especie humana.

De él venimos. Todas las soberbias del mundo, todos los falsos orgullos se acabarían recordando que nuestros tatatatatarabuelos fueron ardillitas insignificantes que pudieron prosperar por el azar de un meteoro.

BIBLIOGRAFÍA
Piero y Alberto Angela, La Extraordinaria Historia de la Vida, Grijalbo, Barcelona, 1999.

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