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miércoles, 26 de septiembre de 2012

HABLANDO DEL CORAZÓN

A la cuarta semana, cuando el embrión es pequeñísimo, de apenas 5 milímetros, el corazón empieza a latir. A partir de esos primeros latidos, esta central de energía, motor de la vida humana, no se detendrá nunca. Funcionará todas las horas del día y de la noche, todos los días del año, sin descanso, sin vacaciones, sin fines de semana, sin primero de mayo, trabajando sin cesar, impulsando sangre a través de una compleja red de venas y arterias que abarca miles de kilómetros al interior de nuestro cuerpo.

El corazón no se cansa. Late más de cien mil veces al día. No deja de trabajar un solo segundo, literalmente ni un segundo. Funciona como una maquinaria de bombeo automático, con rítmicas contracciones y dilataciones. En realidad, son dos bombas unidas. El lado izquierdo impulsa la sangre oxigenada que viene de los pulmones, roja y rutilante. Y el lado derecho impulsa la sangre que regresa impura y negruzca, después de haber circulado por todo el organismo, para ser purificada nuevamente en los pulmones. Al cabo de un día, han pasado por el corazón, como mínimo, 7 mil litros de sangre que tienen la indispensable tarea de alimentar a todas las células de nuestro cuerpo. 
El corazón es una máquina pequeña y perfecta. Pesa 300 gramos y no es mayor que un puño cerrado. Pero el asombroso trabajo que realiza diariamente equivale al de un levantador de pesas que alzara una barra de 3 toneladas. Si el corazón empleara su fuerza muscular para bombearse a sí mismo, en una hora saldría propulsado, como un cohete vivo, a 6 kilómetros de altura. Es una fuerza descomunal, desproporcionada a su pequeño tamaño. A lo largo de una vida, el corazón ha desarrollado una energía capaz de levantar en peso una pirámide como las de Egipto.

Aunque parezca increíble, durante la vida de un ser humano este formidable obrero ha puesto en movimiento medio millón de toneladas de sangre, el caudal por minuto de las cataratas del Niágara. El corazón es un obrero ejemplar. El mejor de todos. Y un sindicalista exigente... sólo hace un paro en la vida.
 Tomado de Radialistas

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