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viernes, 13 de enero de 2012

UN MUNDO COLOR DE PLOMO

La naturaleza empleó 3 mil millones de años para pintar de colores la tierra, los mares y el aire.
En el principio, la Tierra era de color gris.
El planeta recién nacido estaba envuelto en un manto espeso, opaco, de dióxido de carbono.  La Tierra giraba en torno al Sol sin poder desembarazarse de aquellos gases venenosos, ahogándose por la falta de atmósfera.

Así pasaron cientos de miles y millones de años. Nuestro planeta siguió dando vueltas sin esperanza. Pero sucedió que el dióxido de carbono se combinó con el óxido de calcio. Poco a poco, milenio a milenio, la temperatura fue bajando y los vapores de agua se condensaron en lluvias.

Diluvios universales lavaron la faz de la tierra. Las cuencas gigantes se llenaron y formaron los océanos primordiales. Pero todo continuaba siendo gris. Grises los mares, grises las rocas, gris el aire. Todo mantenía un monótono color plomizo.

Y sucedió que en el borde de los océanos, como un regalo inesperado, apareció la vida. Eran algas pequeñísimas, microscópicas, que aprendieron a capturar los rayos de sol con un pigmento mágico llamado clorofila. Comían luz y botaban oxígeno. Y el oxígeno despedido iba coloreando el cielo.

Fue una labor titánica, de infinita paciencia.

Durante tres mil millones de años, aquellas plantas diminutas se multiplicaron y fueron dibujando, puntito a puntito de clorofila, la tonalidad de los océanos. Las algas pintaron de verde el mar. Y la respiración de las algas pintó de azul el cielo.

Y sucedió que la vida marina conquistó la tierra. Las montañas se vistieron de flores y la sangre roja de los animales palpitó en todo el planeta.

Cuando la mujer y el hombre llegaron a la Tierra, encontraron un paisaje esplendoroso, dibujado con una paleta de mil colores. Durante épocas inmemoriales, nuestros ancestros vivieron en armonía con la Naturaleza. Tomaban de ella lo necesario para vivir.
Pero corrieron los años y, con ellos, las ambiciones. La revolución industrial llenó de gases el mundo. Los desechos venenosos del carbón y el petróleo comenzaron a intoxicar la atmósfera.  Ferrocarriles, fábricas, autos, bosques incendiados, más autos, más chimeneas, más pozos de petróleo, más gases de invernadero...

 Y las bombas. Miles de bombas arrojadas sobre la frágil corteza del mundo.

 La Naturaleza empleó 3 mil millones de años para pintar de colores la tierra, los mares y el aire.  A los humanos nos bastaron unas cuantas décadas para ensuciarlo todo.

Nuestro planeta azul se está volviendo gris, como al principio.
Gris como el humo que cubre nuestras ciudades.
Gris como la guerra. Como las cenizas de la muerte.
BIBLIOGRAFÍA: Jean-Marie Pelt, La historia más bella de las plantas, Anagrama, Barcelona 2001.
 
 

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